El Pasmo; una singular advocación mariana PDF Imprimir E-mail

Es ciertamente peculiar, curiosa y llamativa la advocación que la Santísima Virgen ostenta en nuestra Hermandad, por lo que trataremos en este apartado de la web de desentrañar sus orígenes históricos. Si Pasmo es por definición “admiración y asombro extremados que dejan como en suspenso la razón y el discurso”, es evidente que la Mejor de las Madres al encontrar al Mejor de los Nacidos en el trance de portar la Cruz hasta el Gólgota, tuvo que sentir en su corazón una de sus mayores penas, el supremo pasmo y el más agudo dolor que haya existido jamás.

María Santísima del Pasmo Además de los cuatro Evangelios Canónicos de la Iglesia Católica (Marcos, Mateo, Lucas y Juan) existen otros textos llamados Apócrifos que también nos narran la pasión y muerte de Cristo, y es allí donde se basa nuestra advocación. Así, en las “ACTAS DE PILATOS” o “ EVANGELIO DE NICODEMO”, se cuenta como en la trágica mañana del Viernes Santo, el Apóstol Juan informó a María del doloroso cariz que los hechos tomaban. Jesús había sido condenado en inicuo juicio y sentenciado a muerte. Además, ya caminaba con la Cruz a cuestas hacia el lugar de la ejecución. “Al oír la Virgen el relato quedó transida de dolor, y se fue en seguida, acompañada por Juan, Marta, María Magdalena y Salomé, a la Calle de la Amargura”. Pero lo que resulta del todo incompresible es lo que se refiere a continuación: que la Virgen no conociera a su Hijo y tuviera que preguntarle a Juan cual de los tres condenados era. Cuentan que María cayó desmayada hacia atrás ante tal espectáculo, permaneciendo inconsciente en el suelo largo tiempo. Cuando se reanimó, prorrumpió en estremecedoras exclamaciones de dolor, golpeándose duramente el pecho. Los judíos, al ver esta escena tan desgarradora, quisieron alejarla, pero Ella permaneció siempre junto a Cristo. Cuando luego la encontramos al pie de la Cruz -y esto sí lo dice Juan en su Evangelio- se nos aparece firme e inquebrantable durante la agonía y muerte de su Hijo, mientras temblaba la tierra, se oscurecía el sol y se rompían de dolor las mismas rocas. De todas formas, los Evangelios Canónicos también vaticinan el Pasmo de María, aunque no describan explícitamente la escena posterior: “Una espada atravesará tu alma para que sean descubiertos los pensamientos de muchos corazones” (Lc 2, 35). De esta manera la Providencia prepara a la Virgen para que luego pudiera ofrecer, como Abraham, a su Hijo en sacrificio grato a Dios. Ella sabía que el Verbo encarnado debía morir en la Cruz.

HIEROSOLYMITANA PEREGRINATIO A principios del siglo XIII se fijó esta piadosa tradición y litúrgicamente llegó a celebrarse la conmemoración de Espasmo o Martirio de la Virgen María, que Paulo V concedió a la Religión de la Anunciata, el lunes siguiente a la dominica de Pasión. Y había una iglesia en el sitio del encuentro, bajo el título de Nuestra Señora del Pasmo. El príncipe polaco Nicolás Cristóbal Radzivili nos refiere el lugar, pero no así el templo, tras la peregrinación que realizó a Tierra Santa,  cumpliendo un voto, en 1583, y publicando posteriormente en su lengua nativa la relación de este viaje. Luego su obra fue traducida al latín por Tomás Tretero con el título “HIEROSOLYMITANA PEREGRINATIO”  que fue publicada en Amberes en 1614. La página 78 de este libro, traducido al castellano, dice así describiendo la Vía Dolorosa: “Comienza (…) en el Palacio de Pilatos y por ella Cristo, llevando la Cruz, era conducido a muerte. Saliendo a la puerta, a mano derecha, hay un pequeño promontorio de piedra, en el cual estaba la Beatísima Virgen María deseando con ansiedad saber que es lo que estaban haciendo con su Hijo. Al ver que lo llevaban al suplicio coronado de espinas, cubierto de sangre, con el rostro amoratado y desfigurado, llevando sobre los hombros un pesadísimo madero, tratado como el peor de los ladrones, según afirman los Doctores Católicos piadosamente siguiendo la antigua tradición, roto su corazón por la vehemencia de tan acerbísimo dolor, cayó en tierra como muerta: lo que parece muy verosímil. ¿Cómo el corazón ternísimo de la Virgen María no se iba a deshacer al contemplar tantos y tan espantosos dolores de su amadísimo Hijo en un espectáculo tan tremendo y nunca jamás visto?. Este lugar, hasta día de hoy, se llama Pasmo de la Bienaventurada Virgen”.

El Devoto Peregrino y el Viaje a Tierra Santa

En otro libro titulado “EL DEVOTO PEREGRINO Y VIAJE DE TIERRA SANTA”, sí aparece ya la primera referencia del templo del Pasmo de María. Es obra del P. F. Antonio del Castillo, impresa en Madrid por la Imprenta Real en 1656, y encontramos en ella datos de interés, ilustrados además con estampas o planos. En uno de esos planos, en la página 157, señala con el número 29 “la Iglesia del Pasmo de la Virgen”.  En el texto de esta obra, concretamente en una especie de índice en el que resume el contenido de todos los capítulos, escribe: “Aquí, según la tradición, llegó la Nuestra Señora con San Juan y con las Santas Mujeres cuando el Señor pasaba llevando la Cruz, en cuya memoria la Emperatriz Helena en el mismo lugar edificó una suntuosa iglesia de Nuestra Señora que ahora se ve derribada. Y se dice que Nuestra Señora con los que la acompañaban siguiendo las pisadas sangrientas de su Hijo hasta la Cruz, después de haberlo sepultado, se cree piadosamente que volviendo por aquí, fue la primera que pisó el camino de la Cruz. De lo cual tomaron principio las procesiones de los Cristianos y las estaciones de las Cruces” .Esta “Emperatriz Helena” que nos reseña Antonio del Castillo no es otra sino Santa Elena, madre del Emperador Constantino, la que durante su estancia en Tierra Santa (años 325 a 328) mandó edificar, según cuenta la tradición, la primitiva Iglesia de La Virgen del Temblor o la Virgen del Pasmo, que aun hoy continúa en pie.

Santa Elena Emperatriz

Iglesia del Pasmo en Jerusalén

Pero siguiendo con esta obra, concretamente en su capítulo III, página 207, describiendo la Vía Crucis, comenzando por la Casa de Pilatos y el Arco del Ecce Homo, leemos: “Como cien pasos más adelante están las ruinas de una Iglesia que llaman el Pasmo de la Virgen, y este es el lugar donde la Virgen acompañada de San Juan, la Magdalena y otras devotas mujeres, salió al encuentro de su Bendito Hijo, cuando coronado de espinas, con la Cruz a cuestas en medio de dos ladrones, le llevaban a crucificar. No hay duda, sino que cuando le vio tan desfigurado y en traje tan doloroso, su corazón sería traspasado de dolor (…) Y por ser éste el lugar adonde tuvo tan grande dolor la Virgen es llamado el Pasmo de la Virgen. No tomada en todo rigor la palabra pasmo, porque a la Divina Señora nunca le faltó el valor y esfuerzo para poder padecer tan terribles dolores y acerbos sufrimientos. Esta era famosa Iglesia, y un Bajá que se llamaba Mahometo la quiso deshacer”.   

José Antonio Ortiz Urruela, sacerdote guatemalteco afincado en Sevilla, escritor y consultor luego del Concilio Vaticano I, de vuelta de su visita a los Santos Lugares en 1862, escribió un libro titulado “LOS SANTOS LUGARES DE LA JUDEA, LA SAMARIA Y GALILEA. RECUERDOS E IMPRESIONES DE UN VIAJE”, publicado en Madrid en 1868. En el capítulo XII nos cuenta:  “En la Calle de la Amargura (…) una columna rota de granito que yace horizontalmente en el suelo, arrimada a la pared, marca la Tercera Estación del Vía Crucis. Es en este sitio donde abrumado por el peso de la Cruz (…) cayó por primera vez el Divino Redentor. Diez o doce varas más adelante, una puerta practicada en la pared, da paso a una callejuela que conduce a la explanada del antiguo templo; y como por allí venía la Santísima Virgen con San Juan cuando su adorable Hijo caminaba al Calvario, se encontraron en el punto donde esta callejuela toca con la Vía Dolorosa, que es cabalmente en esa puerta. En memoria de tan dolorosa y tierna entrevista, que forma la Cuarta Estación, consta que antiguamente se levantó aquí una iglesia erigida en memoria del Cuarto Dolor de María, bajo el nombre de Nuestra Señora del Pasmo, la cual hace tiempo que está arruinada, pero afortunadamente ahora se han hecho dueños de todo este terreno en que están la Tercera y la Cuarta Estación, los armenios católicos. Ellos son pobres y están solicitando auxilios para reedificar la iglesia. Esperamos que la piedad de los fieles devotos de los Dolores de María los ayudará cuanto es necesario para que antes de mucho tiempo se tribute culto a esta augusta Madre en el mismo lugar donde sufrió una de sus mayores penas.”  

Vicente de la Fuente También Vicente de la Fuente, en su “VIDA DE LA VIRGEN MARÍA”, Barcelona, 1877, tomo I, página 175, recoge lo siguiente: “La tradición designa todavía el sitio donde la Santa Madre de Jesús encontró a su Hijo pálido, abatido, desfigurado, amoratado  el rostro, cubierto de sangre coagulada, y no bastando su gran fortaleza, su continua gracia, su resignación profunda, y el ministerio de los ángeles que la confortaban, cayó desmayada, pues al fin, aunque santa y muy santa, era madre.”  

Es más que probable que antiguamente existieran más referencias de esta advocación del Pasmo, pero posiblemente fueran sustituidas por otras advocaciones porque la Teología rechazaría que la Virgen sufriera tan sonado síncope según la versión de los textos Apócrifos, y la inmensa mayoría de los expositores y mariológicos sostienen que la Virgen no se desmayó al encontrarse con su Hijo en la Calle de la Amargura. Este es también el sentir del Doctor Eximio P. Francisco Suárez: “Al ver María a su Hijo, camino del Calvario, no se desmayó, pues no convenía que tal Madre perdiera el uso de la razón; mas experimentó un dolor capaz de causarle mil muertes”. 

De todas formas, tanto el Encuentro de la Virgen con el Nazareno en la Calle de la Amargura, como el de la Verónica, y las Tres Caídas del Señor, recordados en el actual Vía Crucis, provienen todos de otras fuentes no Canónicas, ya que ninguno de los cuatro Evangelistas los mencionan. Y el pasaje que en concreto nos ocupa abundó en la iconografía religiosa, siendo por ello una de las escenas de la Pasión más conocidas y divulgadas, y sin duda de especial predilección para la piedad de los fieles. Como obra de arte ejemplar podemos citar “LA CAIDA EN LA SUBIDA AL CALVARIO” o “EL PASMO DE SICILIA”, maravilloso cuadro renacentista, de 1515, de Rafael Sanzio de Urbino, denominado así por haber sido pintado para el Convento de los Padres Olivetanos de “Santa María dello Spasimo” (Santa María del Pasmo) de Palermo, en Sicilia, siendo este monasterio, hoy casi derruido, otra gran referencia de nuestra curiosa advocación. Se trata de un óleo sobre tabla de 318 x 229 cm, que llegó al citado convento tras un naufragio y una recuperación casi milagrosa en Génova. Adquirido en 1622 por el virrey español Fernando de Fonseca para su rey, Felipe IV, en 1633 se encontraba en el Palacio Real de Madrid. La tabla estuvo en París desde 1813 hasta 1822, y en esa época se procedió a su traslado a las colecciones españolas. Actualmente se encuentra en Madrid, en el Museo Nacional del Prado.

El Pasmo de Sicilia Santa María dello Spasimo

“El Pasmo es obra entera de Rafael, y su excelencia reside principalmente en la fuerza de la expresión. Marca incontestablemente el punto extremo a que se haya elevado el alma sublime de su autor, servida de su habilísima mano (…) Jesús, en el centro del cuadro (…) desfallece y cae, no bajo el peso de la Cruz que sostiene con brazo vigoroso Simón el Cirineo, sino abrumado por el decaimiento y las agonías de su corazón. María, la Madre transida de angustia, en el pasmo del dolor, tendiéndole desoladamente los brazos en un abrazo imposible. Las Santas Mujeres, Juan, imagen viva del sufrimiento y la amargura. Los verdugos, impíos y feroces. Al fondo, en la lejanía, el Calvario. El Centurión respirando el poder y la majestad del Imperio Romano (…) Escena imponente, patética, noble, sublime, llena de santa grandeza y de inefable hermosura (…) Es una de las obras raras, superiores, excelentes, ante las cuales débese limitar a decir a los que deseen conocerlas: id a ver, a sentir, a adorar.”  

El “Pasmo de Sicilia” tuvo gran influencia en el arte de nuestro país, inspirando a muchos imagineros y pintores españoles a la hora de ilustrar este pasaje de la Pasión. La iconografía de Jesús Nazareno de la Primitiva Hermandad de los Nazarenos de Sevilla (vulgo “El Silencio”) es fiel exponente de ello. Incluso existen del cuadro varias copias en España, entre las que podemos citar la que se conserva en la Catedral de Baeza, en Jaén. Y una versión libre, más que una copia, es la que realizó sobre la obra en cuestión el genial pintor bollullero Fernando Carrasco Ferreira, en 2005, para que ocupara la “gloria” u óvalo central del techo del paso de palio de María Santísima del Pasmo.

Como dato curioso, debemos reseñar la existencia del Monasterio del Cristo del Pasmo, levantado en 1704 para la rama franciscana de las Clarisas Descalzas, en Montijo, Badajoz. Su Titular es un Cristo de Juan de Juni, del estilo de la escuela vallisoletana clasicista del Seiscientos. Pero es sólo la advocación de este Cristo la que coincide con nuestro pasaje, no así su iconografía, pues Jesús aparece crucificado en la Imagen. Citar también, por la similitud de su título, a Nuestra Señora de Contrapasmo, Virgen de Gloria que recibe culto en la ciudad de Murcia.

Camino del Calvario Ya en nuestro ámbito andaluz, debemos detenernos en el cuadro titulado “CAMINO DEL CALVARIO”, del barroco sevillano Juan Valdés Leal (1622-1690), quien pinta a la Virgen, a San Juan  y a las Santas Mujeres en una vibrante escena, inspirada por supuesto en los Apócrifos,  que se convierte en un angustioso Vía Crucis colectivo de acusado patetismo, con apagadas luces que, no obstante, dejan brillar algunos colores. San Juan aparece vestido según la tradición, con túnica verde y mantolín rojo. Actualmente se encuentra en el Museo de las Bellas Artes de Sevilla.

Si atendemos a nuestras Cofradías, son palpables ejemplos de este pasaje, entre otras, las sevillanas de San Juan de la Palma, con su Virgen de la AMARGURA, y la del Gran Poder, con su MAYOR DOLOR Y TRASPASO. Ambas Imágenes marianas aparecen rotas de dolor, como nos dicen sus títulos (muy similares al del Pasmo en su sentido) en sacra conversación con el Discípulo Amado. Ambas son anónimas del XVIII. La Imagen de San Juan que acompaña a la primera es de Benito Hita del Castillo, y el de la segunda, de Juan de Mesa y Velasco.

Virgen de la Amargura Virgen del Mayor Dolor y Trapaso

Pero habremos de trasladarnos hasta el Antiguo Testamento para hablar de la prefiguración de la Amargura, Mayor Dolor y Pasmo de la Virgen. En efecto, la tenemos en el Libro de Rut (I, 20). Allí aparece la israelita Noemí, suegra de Rut la moabita, esposa de Kilión, que casa luego con Booz, siendo bisabuelos de David y, por tanto, antepasados de Cristo. Esta mujer, ante la pérdida en Moab de su esposo Elimélec y sus dos hijos, Majlón y Kilión, dice afligida: “No me llaméis más Noemí, llamadme Mara, porque el Todopoderoso me ha llenado de amargura”. Pasa entonces de llamarse “Hermosa” a denominarse “Amarga”.  No es posible encontrar una prefiguración mejor del dolor que experimentó María al ver a su Hijo dirigiéndose al Calvario.

Noemí y Ruth

No obstante, sigue siendo un misterio como esta enigmática y poco habitual advocación llegó hasta este pueblo de la provincia de Huelva para recalar en una Cofradía de Penitencia que busca sus orígenes fundacionales expirando el siglo XVII o en los albores del XVIII. Pero así fue, e incluso con la discusión teológica de por medio, esta Hermandad conservó el nombre de su Virgen y llegó incluso a escenificar el pasaje del encuentro durante su Estación de Penitencia en la Madrugada del Viernes Santo, en lo que se dio en llamar “Sermón de la Plaza”, ceremonia tristemente desaparecida, a raíz de la Guerra Civil, y que tiene su origen en el Teatro Medieval de los Misterios.

Pero no sería justo terminar este trabajo sin recordar al sacerdote claretiano Federico Gutiérrez Serrano, quién tras predicar el Solemne Quinario de la Hermandad en 1990 se interesó por nuestra advocación, aportando posteriormente, junto con los estudios de Germán Calderón Alonso y de Luis Manuel de la Prada y Hernández, la mayoría de las referencias que aquí se recogen. Finalizamos con las palabras del primero:

“Pocas Cofradías, como ésta de Bollullos del Condado, habrán sabido escoger a sus Sagrados Titulares unidos en un solo momento, en un solo misterio, en un único paso de la Pasión, tremendo, estremecedor, como éste de la Cuarta Estación del Vía Crucis, del Cuarto Dolor de los Siete Dolores de la Virgen (…) del Encuentro en la Calle de la Amargura del Divino Nazareno con la Cruz a cuestas y la Mejor de las Madres, María Santísima del Pasmo”.